Desafinado
como el streaming y las publicaciones académicas perdieron el alma
La vida de Kike Santander empezó con música, en un hogar lleno de todo tipo de ritmos. Pero sus papás pensaban que nunca pasaría de ser un pasatiempo, una manera de alargar los momentos de calma. Ganarse la vida tomaría algo más serio, el camino seguro de la medicina. Pero la música le remordía el alma. Le susurraban las melodías de su infancia. Para sobrevivir empezó escribiendo jingles. Un desvío, que parecía pasajero, se volvió en una carrera donde llegó a producir más de mil jingles. De ahí, su trayectoria se disparó y terminó llevándolo a ser uno de los productores más influyentes de la música latina, trabajando con voces como Alejandro Fernández, Luis Miguel y Cristian Castro. Y de un día para otro el streaming arrasó con todo.
Hoy se suben cerca de 150 mil canciones nuevas por día. El problema no es la falta de talento: es conseguir que alguien las escuche. En esta época de abundancia infinita, incluso lo excelente puede quedar hundido bajo una ola tan inmensa que no deja huella auditiva. Lo que sobrevive no siempre es lo mejor, sino lo que logra abrir brecha en el camino.
Y lo que pasó con la música no se quedó en la música. Lo mismo está ocurriendo en las publicaciones académicas.
I. El último disco en solitario
En la época de Santander la industria musical existía gracias a la escasez. Un disco podía tardar años en madurar. Los éxitos tenían el lujo de buscar un lugar en la memoria colectiva. La era del CD fue una edad dorada. Los artistas como Santander pudieron construir su reputación a base de melodía y paciencia.
Luego llegó el internet y la productividad se aceleró de manera sin precedentes. Las plataformas de streamingincrementaron una abundancia de canciones, en gran mayoría desechables, irreconocibles. Los músicos cambiaron. Algunos podían producir sin pausa, generando olas y más olas, cada una con la ilusión de que el volumen sobrepasaría la calidad.
En 1995, Santander aún alcanzó a producir casi todo un álbum él solo. Escribió, arregló y compuso sin la ayuda de coautores. Fue de los últimos grandes esfuerzos en solitario antes de que la industria se entregara a las fórmulas, los equipos de composición y la producción en serie. Mucho antes de la IA, ya se sacrificaba la voz individual en nombre de la eficiencia. Y la academia siguió el mismo guion: más coautoría, voces más tenues, menos visión personal.
¿Les suena conocido?
La carrera de Santander—que abarca jingles, medicina, éxitos pop y reinvención—es un ejemplo de maestría adaptativa. Hoy trabaja con un artista a la vez por un mínimo de tres años. Busca un estilo inconfundible, algo original que no se escuche en los demás. Aun así, no hay seguridad de éxito. Les dice que todo el esfuerzo y el trabajo puede acabar en el olvido, hundido en un océano donde otras modas y artistas flotan hacia la superficie de la conciencia auditiva. Y cuando le preguntan cómo enseña composición, siempre vuelve a lo mismo: las progresiones de acordes. La melodía, insiste, es la base.
II. La inundación académica
El mundo académico también tuvo su época de ciclos largos, de inversiones profundas, de claridad sobre lo que valía la pena publicar. Hoy lo que reina es la avalancha: más revistas, más ediciones especiales, más unidades publicables, más métricas y tableros de control.
El incentivo que antes premiaba la originalidad y el pensamiento a largo plazo cambió de un día para otro. Hoy lo que rige es la cantidad.
El problema es que nos encontramos en un mundo de exceso. En este mundo, inundados por las olas de publicaciones, los estudiantes ya no buscan montañas de información; quieren orientación. Quieren saber lo que sí importa. Pero cuando todo se publica, nada sobresale. El Spotify de la academia no es una aplicación: son las decenas de PDFs acumulados en tu carpeta de Zotero.
III. Lo que todavía vale la pena
Lo digo como alguien que ha editado revistas y cree en la comunicación académica. Pero también creo que estamos perdiendo la melodía: la estructura que alguna vez dio sentido al trabajo.
¿Qué sobrevive en medio del ruido? La voz propia. La síntesis inesperada. El académico que dice algo tan vivo que se transmite de boca en boca, no por algoritmo.
Tal vez el camino no sea publicar más, sino decir más con menos. Como hace Santander con sus músicos: empezar por la forma, por la estructura, por la claridad. Escribir como si el tiempo del lector fuera sagrado. Enseñar a distinguir entre señal y ruido.
Santander dice que cuando llegó el streaming, el dinero se esfumó. Muchos artistas dieron una vuelta entera, buscando la manera más eficaz de reinventarse. La academia va por la misma ruta. Las revistas van a sobrevivir. La pregunta es: ¿y nosotros?

